RÍO DE JANEIRO.- “Por supuesto que estoy contento con este octavo puesto. Era impensado y estoy feliz. En este nivel no te podés equivocar para ganar una medalla. Fue la semana más increíble de mi vida. Este caballo, me da una paz interior que me ayudó muchísimo”. Las palabras de Matías Albarracín tras quedar en el octavo lugar en salto ecuestre individual de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 lo dicen todo.
El jinete, de 36 años, viene de una familia ecuestre de pura cepa. Justo Albarracín, su padre, también fue un destacado jinete olímpico que compitió en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y Atlanta 1996, y ayer estuvo en Río alentando a su hijo en la etapa final. Esa experiencia transmitida por su progenitor le permitió a Matías conocer lo dificultoso que sería escalar posiciones en este tipo de competencias.
Albarracín nació por casualidad en Curitiba, Brasil, donde su padre trabajaba en un haras. A los cuatro años, su familia retornó a nuestro país y se instaló en City Bell, donde el jinete continúa viviendo actualmente, junto a su esposa Roberta y sus hijos, Manuela, de 6 años, y Ramiro, de 4.
Antes de este pico glorioso en lo deportivo, Albarracín ya se había clasificado dos veces para unos Juegos Olímpicos. Fueron en Pekín 2008 y Londres 2012, pero por lesiones de sus caballos no había podido competir. En cambio, en esta ocasión, montado sobre “Cannavaro 9”, un Westfalen castrado de 12 años, pudo sacarse la “mufa” y entrar en la historia grande del deporte.
Por eso, Matías no ocultó su felicidad cuando las autoridades del Comité Olímpico no ahorraron en elogios para con su buen desempeño, que le permitió quedarse con un diploma olímpico a raíz de su gran performance. Las buenas no terminaron allí para Albarracín. Su puesto en Río 2016, va mucho más allá que eso. El resultado logrado por Matías es la mejor actuación para la equitación argentina desde que en México 1968, Argentino Molinuevo terminó en el séptimo lugar en la misma especialidad.
Albarracín dejó en claro que nada fue sencillo. En los Juegos Olímpicos, el nivel de la competencia es extremadamente alto; por eso el jinete no dudó en compararla con la Fórmula 1. “Están los 40 mejores del mundo, que no se equivocan”, sentenció.
¿Qué fue lo que cambió para que la equitación haya conseguido un diploma olímpico? “Con la ayuda del Enard fuimos a Toronto, sin que nos faltara nada. Además, tenemos los mejores veterinarios, los mejores herreros. Parece mentira, pero esas cosas hacen a la diferencia, te van acercado de a poco. En este nivel, todo es milimétrico. Y sobre todo, no estoy solo. Cuando vos tenés un equipo atrás, tu espalda se ensancha mucho más”, concluyó.